Jesuitas España

Reconciliarnos con la Creación

Desde que en 1972 el Club de Roma publicó Los límites del crecimiento, la comunidad científica ha acumulado tal cantidad de evidencias sobre la presión y deterioro que sufre el medio ambiente, que hoy, a finales de la segunda década del siglo XXI, resultan incontestables las voces que lo señalan como un desafío inaplazable para la humanidad.

La Iglesia ha denunciado con firmeza las amenazas al medioambiente durante las últimas décadas. El papa Pablo VI advirtió, ya en 1971, que «debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, (el ser humano) corre el riesgo de destruirla» (Octogesima Adveniens, 21). Posteriormente han sido numerosas las llamadas de atención durante el papado de Juan Pablo II, que vinculó la destrucción del medioambiente a un serio error antropológico: el ser humano cree poder disponer de las cosas libremente sin entender su carácter de don de Dios (Centesimus Annus, 1991, n. 37). El fruto más elaborado de este magisterio es la encíclica Laudato Si’ (2015) del papa Francisco, que además de ser una contribución al diálogo global sobre el medio ambiente, incorpora una dimensión mística profunda: el cuidado del medioambiente y los pobres se vincula a las raíces de la vocación cristiana, abogando por una auténtica revolución cultural y espiritual.

La Compañía de Jesús ha participado también de este proceso de sensibilización creciente. En 1983, la Congregación General 33 señaló que «al despreciar los hombres el conocimiento del Amor creador, rechazan la dignidad de la persona humana y destruyen la misma naturaleza creada» (d.1, n.35). En la siguiente congregación, la 34 (1995), hubo diecinueve postulados sobre ecología en los que se subrayaba la mutua relación entre la promoción de la justicia y el desafío de la degradación medioambiental. Aquella congregación encargó al P. General un estudio más profundo, que el Secretariado para la Justicia Social realizó al poco tiempo bajo el título «Vivimos en un mundo roto» y constituyó un hito en la toma de conciencia global sobre la ecología.

Fue la Congregación General 35 la que incorporó el compromiso ecológico al núcleo de la misión, entendida como «reconciliación con Dios, con los demás y con la creación» (d.3, n. 18). En 2010 el P. General Adolfo Nicolás modificó el nombre del Secretariado para la Justicia Social, para añadir «y la Ecología», y este secretariado publicó, junto con el de Educación Superior, un documento titulado «Sanar un mundo herido» (2011) en el que se explicitaba el fundamento que ofrece la espiritualidad ignaciana para el compromiso con el medio ambiente. La última congregación general, la 36, ha confirmado esta centralidad de la ecología en la misión de los jesuitas.

El interés de la Compañía de Jesús por la ecología se basa en una doble motivación: por una parte, existe una genuina preocupación por las amenazas que sufre la Creación; por otra, existe una conciencia clara de que el deterioro medioambiental está intrínsecamente vinculado al resto de injusticias que padecen los pobres del mundo. De hecho, el daño causado está afectando a comunidades rurales e indígenas que los jesuitas acompañan desde hace décadas en diversos lugares del planeta —la Congregación General 36 señalaba, por ejemplo, la necesidad de apoyar el compromiso de la Compañía con regiones como la Amazonía y la Cuenca del Congo (30)—. Proteger al pobre y cuidar la creación son en la actualidad dos caras de la misma justicia, que no puede ser ya comprendida exclusivamente como justicia social sino como justicia socioambiental.

Las iniciativas que dan respuesta a este reto desde la Compañía de Jesús se han producido a nivel local, nacional e internacional: las instituciones han introducido el cuidado de la creación en sus planes apostólicos; algunas universidades han instaurado programas de eficiencia energética, gestión de residuos, investigaciones medioambientales, etc.; los colegios llevan a cabo numerosas iniciativas de sensibilización y gestión de residuos; los centros sociales promueven la agricultura ecológica y el cuidado de la biodiversidad; algunas conferencias y provincias han renunciado a inversiones en empresas que extraen combustibles fósiles; y las comunidades jesuitas han realizado esfuerzos para adquirir hábitos de funcionamiento coherentes con este nuevo compromiso. Existe también una creciente búsqueda de las resonancias ecológicas en la espiritualidad ignaciana y se están ofreciendo Ejercicios Espirituales incorporando cada vez más esta perspectiva.

Queda mucho camino por recorrer, particularmente en cuanto a coordinación estratégica y articulación a nivel internacional. Pero los pasos que se han dado se orientan hacia una nueva forma de percibir el mundo y la misión de la Compañía en él. La nuestra es una visión esperanzada, a la que nos habitúa la «Contemplación para alcanzar amor» de los Ejercicios Espirituales: advertimos que Dios actúa en el mundo, reconocemos sus huellas en el ministerio de reconciliación que Dios ha comenzado en Cristo, y que se realiza en el Reino de justicia, paz e integridad de la Creación.

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