Jesuitas España

Audacia para educar

Aunque hoy pueda resultar difícil de creer, los primeros jesuitas no pensaban dedicarse a la educación. En la «Fórmula del Instituto», en la que explicaban qué querían ser y cómo iban a organizarse, no se refirieron a la educación en sentido estricto. Entre múltiples obras de misericordia y espirituales solo aludieron a la «educación en el cristianismo de los niños e ignorantes», algo que deberíamos interpretar como catequesis.

Pero la Compañía de Jesús se dio cuenta pronto de que la creación de centros de enseñanza era una herramienta inmejorable para llevar adelante su misión, definida entonces como «la defensa y propagación de la fe y el provecho de las almas en la vida y doctrina cristiana». Cuando Ignacio murió, en 1556, estaban ya aprobados 39 colegios, 33 de ellos en funcionamiento. Unos meses antes, Pedro Ribadeneira escribía en su nombre una carta al Rey  Felipe II que incluía una célebre frase: «todo el bien de la cristiandad y de todo el mundo depende de la buena educación de la juventud». Cuatro años después de la muerte de Ignacio, el prepósito general que lo sucedió al frente de la orden, Diego Laínez, escribía que existían dos maneras de ayudar al prójimo: «una, en los colegios por medio de la educación de los jóvenes en letras, en la doctrina y en la vida cristiana, y otra, en cualquier lugar ayudando a toda clase de personas con sermones, confesiones y otros medios de acuerdo con nuestro modo de proceder». En pocos años la educación había pasado de estar fuera de las prioridades de la Compañía a ocupar un lugar central entre ellas.

A ese rápido aprendizaje le han seguido cuatro siglos de historia de un apostolado que desarrollan en la actualidad 2.000 centros y tiene una apreciada presencia en más de 60 países. Ni la misión de la Compañía se define hoy con las expresiones utilizadas en los inicios, ni tampoco lo hace la educación jesuita. Ahora hablamos de una misión de reconciliación y justicia, y de «formar hombres y mujeres para los demás, responsables de sí mismos y del mundo que les rodea y comprometidos en la tarea de su transformación hacia una sociedad fraterna y justa». Esa definición es una manera de actualizar el afán evangelizador y la visión transformadora de la realidad que movía a los primeros jesuitas y que les llevó a hacer lo que en un principio no preveían: crear colegios. Una disponibilidad al cambio, a percibir las maneras siempre nuevas con las que Dios se manifiesta en cada tiempo y contexto, para mejor servir así a las personas, que es la que propicia hoy también nuevos aprendizajes y nuevas adaptaciones.

El Padre General Arturo Sosa SJ se dirigía recientemente a los delegados de Educación de todo el mundo reunidos en Río de Janeiro animándoles a una profunda renovación del trabajo educativo. En una alocución que proponía diversos retos a la enseñanza jesuita ―y que está siendo acogida ahora en todo el mundo educativo de la Compañía―, advertía de que «no podemos quedarnos en modelos educativos en los que los adultos nos sentimos cómodos» sino que debemos «ir un paso adelante», al tiempo que invitaba a consolidar «una red global de colegios con una agenda común al servicio de la reconciliación y la justicia».

La educación afronta enormes desafíos, pero la audacia apostólica de los primeros jesuitas nos enseña que no debemos temer abandonar las zonas de confort, para, acompañados por el Espíritu, responder a las necesidades de los hombres y mujeres de cada época.

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