Jesuitas España

A la escucha en común del Espíritu

El «discernimiento en común» no es algo nuevo para los jesuitas, lo practicaban ya los primeros compañeros. Sin embargo, mientras el discernimiento personal ha sido siempre el motor fundamental de las decisiones de jesuitas, religiosas y laicos ignacianos, solo en las últimas décadas se ha prestado la debida atención al discernimiento en común como forma buscar y hallar la voluntad de Dios en las decisiones importantes. Fue Pedro Arrupe quién recuperó en los años 70 la idea, que ha ido madurando posteriormente hasta que la Congregación General 36 le ha dado un impulso definitivo, en el contexto del nuevo afán por actualizar nuestra vida en común y servicio a la Misión.

La práctica del discernimiento ignaciano no puede confundirse con una mera técnica para la toma de decisiones eficaces. El supuesto fundamental sobre el que se basa es la convicción de que Dios actúa en la historia y se comunica con los seres humanos. De lo que se trata es de escuchar al Espíritu Santo y dejarse guiar por Él. Para ello, es necesaria una libertad interior ―«indiferencia ignaciana»― radicalmente contracultural en una sociedad que alimenta una forma de autorrealización personal centrada en la libre voluntad. Lo que aquí se nos pide es precisamente lo contrario: un desapego al deseo que surge de uno mismo ―salir del «propio amor, querer e interés» en palabras de Ignacio― para asumir lo que es el bien mayor en la perspectiva del Evangelio.

Un verdadero «discernimiento en común» no es algo que pueda acometerse con ligereza. El Padre General advertía recientemente de la necesidad de evitar «falsos discernimiento en común que sólo buscan revestir de lenguaje ignacianamente correcto decisiones tomadas previamente». En una carta enviada a toda la Compañía ofrecía algunas claves para el discernimiento en común: procesos que exigen cuidadas decisiones previas sobre participantes y condiciones, conocimiento profundo de los asuntos sobre los que decidir y una rica vida espiritual en común, entre otros aspectos. Todos los jesuitas y laicos de inspiración ignaciana estamos llamados a crecer en las condiciones personales que hagan posible un sujeto de discernimiento.

Las formas que adquirirá el discernimiento dependerán de las características de los participantes. Aquellos familiarizados con la vida espiritual podrán basar el discernimiento en la percepción de las «mociones», a fin de seguir las del «buen espíritu». El discernimiento también podrá asumir forma de razonamiento, ponderando ventajas y desventajas de diferentes opciones, con la vista puesta en el mejor servicio a la gloria de Dios. En todo caso, la paz interior profunda ―compatible con las renuncias y el sufrimiento que acarrean decisiones difíciles― será el signo de un buen discernimiento.

Las imágenes de los primeros compañeros jesuitas en Venecia en 1537 o la de Cuaresma de 1539 cuando deliberaban sobre la formación de una Orden religiosa nos ofrecen ejemplos de un grupo humano diverso, pero que ha adquirido la capacidad de deliberar en común a la luz del Espíritu Santo. De ellos aprendemos que nada puede ser tan importante como ponernos a la escucha para elegir la mejor manera de contribuir al anuncio de la Buena Noticia del Evangelio y la transformación del mundo, en una época de cambios veloces y profundos.

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