Jesuitas España

Recuperar la memoria

Hay vidas que en su tiempo pasan desapercibidas para el gran público. Su radicalidad no encaja entre sus coetáneos. Y tienen que transcurrir décadas para poner en valor su legado. Recuperar la memoria de los nuestros es un ejercicio de volver a pasar por el corazón sus miradas, sentimientos, acciones y reconocer lo que debemos a esas personas de las que, sin saberlo, seguimos bebiendo.

Vicente Cañas (Albacete, 1939- Brasil, 1987) fue un hermano de esos que «nos llevan al corazón de la vocación jesuita», a los que se refería el post anterior. Se dedicó a los indígenas del Amazonas brasileño. Defendió una concepción de vida apegada a la tierra pero enraizada en profundas creencias espirituales, sencilla en extremo, en la que el concepto de la comunidad es el eje que vertebra la misma existencia. Una forma de vida que recuerda a la Creación con mayúsculas en estado puro. Esa defensa le llevó a la muerte violenta por aquellos que consideraban al indígena un ser inferior y sin derechos.

Treinta años después recuperamos su memoria porque un juzgado popular de Cuiabá (Matto Grosso, Brasil) decidió hace un mes que el único acusado vivo de instigar su asesinato era culpable y que el juicio anterior no había sido justo. El dolor de la familia ha sanado con esta sentencia que también avala el trabajo de los muchos misioneros, laicos y religiosos, que en las décadas pasadas y hoy en día siguen poniendo en riesgo sus vidas por la misma causa. Y es simbólica también porque reconoce a los cientos de indígenas asesinados por cuestiones de tierra todos estos años y cuyos crímenes han quedado impunes.

Vicente Cañas, un hermano cocinero jesuita, logró en 1971, junto con los padres Adalberto Holanda y Thomaz Lisboa, los primeros contactos pacíficos con los indios Mÿky, que eran apenas 23 personas a punto de ser exterminadas en ese momento. Trabajó también con las poblaciones indígenas de los Tapayuna y Paresi. Pero, sin duda, su corazón quedó custodiado por los indios Enawenê Nawê. Cuando les conoció (1974) y para ellos fue el primer contacto con el «hombre blanco», eran 97 miembros de esta población. Y Vicente dio la vida por ese puñado de hombres y mujeres de Dios. En 2017, los Enawenê Nawê es un pueblo de casi mil personas que te reciben junto a su recodo del río Iquê con los brazos abiertos, con su sencillez y alegría y derrochando vida a raudales. Ellos siguen recordando a Vicente con una memoria profundamente agradecida.

Rememorar a Vicente Cañas es creer con certeza en acudir a las fronteras y en llevar hasta el extremo la inculturación. Es creer que tiene valor el apegarse a la tierra, que es divina por haber sido creada, frente a todo lo demás que nos habla de la creación únicamente humana. Es imbuirse del idioma Enawenê Nawê donde no existe la palabra «yo» sino «comunidad».

Recuperar la memoria no es sólo hablar de pasado, sino de presente y futuro. Es seguir trabajando en la defensa de los indígenas porque su permanencia en el tiempo está muy amenazada. Al igual que lo está la selva amazónica, cuya dimensión es mermada día a día por los kilómetros que se dedican a la agroindustria.

Dom Pedro Casaldáliga afirmaba de su amigo Vicente Cañas: «Es el misionero contemporáneo que llegó a mayor nivel de inculturación. Nació español, se nacionalizó brasileño y se inculturó Enawenenawe».

Dediquemos tiempo a recordar a aquellos que desde lo sencillo sembraron nuestro presente. 

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