Jesuitas España

Un hombre bueno y libre

Publicat el Divendres, 22 Mai 2020

El 19 de enero de 2008, al mediodía, el aula de la Congregación de la Compañía de Jesús en Roma estalló en aplausos. Los votos acababan de superar la mayoría absoluta: el P. Adolfo Nicolás había sido elegido nuevo General de los jesuitas. Él, desde el rincón que ocupaba, se incorporó y dirigió una silenciosa y discreta reverencia a los más de 200 jesuitas electores allí presentes. Después, continuó el recuento. Aquella elección suscitó de inmediato una gran ilusión y alegría y se recibieron numerosos mensajes de felicitación llegados de numerosos países.

El P. Nicolás nació en un pequeño pueblo de Palencia, Villamuriel de Cerrato, pero era un hombre de mundo. Llegó a Japón con solo 25 años e hizo de Asia su tierra de adopción. Su cortesía, suavidad y elegancia en el trato procedían de su contacto con las gentes de Asia y de su propio natural. Amaba el Oriente. Dice el Evangelio que Cristo es el camino, la verdad y la vida. Al P. Nicolás le gustaba señalar que Europa había horadado la veta de la verdad, que África sabía celebrar la exuberancia de la vida y que Oriente se adentraba en la sabiduría del camino. Él, oriental por adopción, fue un hombre del camino. Primaba saber cómo vivir.

Tenía una extraordinaria capacidad para hacer amigos. Ganaba a las personas con su simpatía y su humor. A cada uno procuraba hablarle en su lengua, cosa que no le era difícil, pues dominaba al menos 6 lenguas vivas, que seguía estudiando. Sobre la mesa de su despacho, no era raro encontrar un diccionario de alemán, o de otros idiomas. Las personas que lo conocían podían decir que les unía a él un sencillo lazo de amistad. Era acogedor y comprensivo, de escucha atenta, siempre con un deseo genuino de aprender de los demás.

No es raro que cuando el Cardenal Bergoglio fue elegido Papa, pronto trabaran amistad. Tenían la misma edad y habían conocido a las mismas generaciones de jesuitas. Francisco se apoyó en él y en la Compañía y el P. Nicolás se ofreció enteramente en lo que pudiera ayudar. Se tenían un sincero aprecio.

En sus charlas, lo primero que hacía era suscitar un breve reír en el público. Lo hacía con extrema facilidad. Con eso distendía el ambiente y despertaba la atención. Con el tiempo caí en la cuenta de que era un modo de dar valor a las personas que tenía delante. Le gustaba conectar con el público, no se conformaba con dirigirle unas frías palabras escritas.

Se esforzaba por mirar las cosas desde ángulos nuevos, para llegar a lo hondo de la realidad. Animó a la Compañía a profundizar, a no quedarse en la superficie. Consideraba que el estudio y la espiritualidad ignaciana eran el apoyo para sumergirse más adentro en la realidad. Solía decir que la sociedad actual vive en una globalización de la superficialidad. Años más tarde, el Papa Francisco completaría la expresión indicando que es también una globalización de la indiferencia hacia los últimos. El P. Nicolás invitaba a los jesuitas a “no estar distraídos”, es decir, a tener puesta la mente, el corazón y el alma en la misión de dar a conocer a Jesús y de promover la justicia en este mundo tan lleno de sufrimientos. Quería que los jesuitas fuéramos monjes en medio del ruido de la ciudad.

Era un gusto escuchar sus homilías. De los textos más conocidos del Evangelio sabía rescatar un aspecto novedoso, una intuición genial, una perspectiva creativa. Siempre interpelaba, a cualquier oyente. Había aprendido en su querido Japón a hablar a personas que no compartían su fe, pero que tenían sensibilidad para contemplar las dimensiones valiosas de la vida. Narraba historias que dieran qué pensar. Así que cuando se dirigía al púlpito a decir la homilía, los oídos de todos se aguzaban con expectación. Con esa originalidad tan suya, con su simpatía y su alegría tendía puentes sobre toda clase de personas.

Adolfo tenía devoción por lo humano y así también por las personas más vulnerables. Se acercaba a ellas con reverencia y consideración. Sabía ser cariñoso, amable y cercano. Cuando una comunidad jesuita en Japón ubicada en uno de los más barrios más pobres de Tokyo estaba a punto de cerrarse, se ofreció a vivir allí para mantener aquella presencia entre migrantes y personas marginadas.

El P. Nicolás –Nico, como cariñosamente le llamaban en Asia– tenía una enorme libertad, basada en una mentalidad muy abierta. Teológicamente era un hombre avanzado, porque confiaba en el misterio de la grandeza de Dios y en la riqueza y bondad de las expresiones humanas. También era abierto en los modos que deseaba para la Compañía de Jesús. Esa libertad, unida a su clarividencia y originalidad, le hacían estar muy por delante de la mayoría de sus compañeros. Posiblemente este fuera para él un punto de difícil encaje, como ocurre en las personas adelantadas a su tiempo.

Creo que se concibió a sí mismo como un hombre al servicio de los demás. Le escuché en distintas ocasiones hablar sobre servir al modo de Jesús, sin guardarse nada. Concebía el servicio como ofrecer por entero lo que uno es y tiene, sin arrogancias y sin límites. Cuando ocho años después de aceptar ser General presentó su renuncia a la Congregación General 36, ya con muchas menos fuerzas y enfermo, pudimos comprobar que así había hecho, se había dado completamente, hasta el final, para bien de la sociedad, de la Compañía y de la Iglesia. Presentó su renuncia con humildad, pidiendo sinceramente permiso para poder dejar aquel servicio. La Congregación lo aceptó. Difícilmente podremos estar más agradecidos por su generosidad a un hombre bueno que lo dio todo por servir al Señor y a los seres humanos, sus hermanos.

Patxi Álvarez de los Mozos SJ

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