Jesuitas España

En su tierra natal (I)

Publicat el Dijous, 28 Març 2019

El Santuario de Loyola es sin duda el epicentro y referencia espiritual para todo ignaciano que se acerque a este hermoso valle del Urola. Pero, más allá del Santuario, hay varios lugares por los que trazar los pasos de Ignacio en la tierra que lo vio nacer, cuya visita nos permitirá conocer mejor algunos de los rasgos del santo, así como su impronta imperecedera. A esos lugares dedicaremos las próximas líneas siguiendo el itinerario vital de Ignacio.

En primer lugar, acudiremos a la cercana localidad de Azkoitia, para visitar la Torre de Balda, la casa familiar de la madre de Iñigo: Doña Marina Sánchez de Licona y Balda. Durante la guerra de bandos era un centro gamboino —enfrentado a los oñacinos de la casa de Loyola—. Aún conserva su aspecto defensivo original, del siglo XIII, aunque fue desmochada en el s. XIV. A comienzos del siglo XX el pueblo de Azkoitia erigió una pequeña capilla, adosada a la vieja torre, en recuerdo al origen azkoitiano de San Ignacio. Actualmente, custodia dos bastones que, según la tradición, pertenecieron a Ignacio y Francisco Javier.

En Azpeitia, visitaremos la iglesia parroquial. El templo de San Sebastián de Soreasu no es el que conoció Ignacio. Es una iglesia de finales del siglo XVI con una gran portada neoclásica diseñada a finales del XVIII. Pero bajo el trascoro, en un espacio separado y protegido por una gran verja barroca, se conserva la pila bautismal donde fue bautizado Iñigo de Loyola. Sobre la cubierta de la pila se alza la efigie de San Ignacio, que con su mano derecha señala una inscripción en euskera: «Emenchen bataiatuba naiz» (Aquí mismo fui bautizado).

Iñigo nació en una familia noble e ilustre, pero fue criado en su infancia en un caserío: el caserío Egibar. Situado a 200 metros de la casa-torre de Loyola, en la orilla derecha del rio Urola, aquí vivía a finales del siglo XV el herrero Errasti, empleado en una de las ferrerías de los Loyola. A su mujer, María Garín, confiaron los señores de Loyola la crianza del último de sus trece hijos, Iñigo. Durante los primeros años de su vida, esta mujer amamantó y crió a Íñigo, que pronto sería enviado a Arévalo, a ser educado por D. Juan Velázquez de Cuéllar, contador mayor de los Reyes Católicos. El caserío Eguibar es actualmente un museo sobre medio ambiente.

Al otro lado del río, tomando la carretera que va de Loyola a Azpeitia, a escasos cien metros del santuario, un cruce a mano izquierda nos conducirá a la ermita de Nuestra Señora de Olatz. Es la ermita más antigua de Azpeitia —de finales del siglo XIII o principios del XIV— y una auténtica joya de la arquitectura popular vasca. Guarda una preciosa talla gótica de la virgen Andra-Mari, muy venerada por los azpeitianos y, según se cuenta, también por Íñigo de Loyola en su juventud. La tradición lo recuerda deteniéndose frente a la ermita para saludar a la Reina de los ángeles con una salve.

No es este el lugar para relatar en detalle los decisivos acontecimientos que sucedieron en Loyola: tras sufrir graves heridas en la defensa del castillo de Pamplona en 1521, Iñigo, convaleciente, vivió una conversión que lo empujó a entregar su vida a Dios, y marchar a Tierra Santa como un sencillo peregrino. Ese viaje, que lo llevó en primer lugar a Manresa, es lo que hoy conocemos como «Camino Ignaciano». Lo que nos interesa recordar con mayor detenimiento —en un próximo post— es que, a unos cuarenta kilómetros de Loyola, Ignacio quiso terminar su primera jornada de camino visitando a la virgen…

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