Jesuitas España

Espiritualidad y psicología

Published: Venres, 26 Xullo 2019

El pasado mes de junio se ha celebrado en Loyola un Simposio Internacional de Psicología y Ejercicios; más de 200 Jesuitas, laicos y religiosos de todo el mundo se reunieron en el familiar contexto de la Casa Torre. Un diálogo interdisciplinar mutuamente enriquecedor que, para un observador externo, podría despertar diversos interrogantes: ¿qué tiene que ver una cosa con otra? ¿se trata de llevarse bien y no pisarse el terreno? ¿será, quizás, otro intento más de secularizar la espiritualidad o de espiritualizar a la ciencia? ¿quién ganó? Estas y otras preguntas sólo pueden ser si se hacen desde la lejanía porque, lo cierto es que, no se trata de nada de eso.

El objetivo de este diálogo -el de la espiritualidad con la psicología- no es otro que tratar de comprender mejor el encuentro del hombre con Dios buscando la ayuda del conocimiento científico sobre la psicología para que esa relación sea lo menos confusa posible. El encuentro entre ambos ámbitos del saber es tan antiguo como el ansia de trascendencia del ser humano, son dos asuntos diferentes que tienen sus propios límites: la psicología termina cuando se encuentra con el abismo de la fe, la espiritualidad surge cuando el ser humano se relaciona con lo trascendente, en nuestro caso el Dios personal encarnado en Jesús de Nazaret. No hay religión sin que una persona -con su irrenunciable psicología- tenga que saltar a ese abismo, confiado en que está habitado por el Señor de lo creado; más allá de lo que sabe y de lo que le sirve para relacionarse con los demás y consigo mismo.

Ignacio de Loyola fue un maestro en ambas disciplinas sin enunciar explícitamente que en unas ocasiones hablaba de psicología y en otras de espiritualidad. Partía de la certeza de que podemos relacionarnos con Dios, pero su propia experiencia le había hecho muy consciente de que su psicología era, al tiempo, medio y potencial impedimento para esa relación. Medio porque nadie puede renunciar a ser quién es, tampoco al relacionarse con su ‘Criador y Señor’: el temeroso lo hará temerosamente, el generoso lo hará generosamente, el narcisista sin poder levantar la mirada de sí mismo. Y puede ser impedimento si el autoengaño conduce a la persona a afirmar que se relaciona con Dios y cumple su voluntad cuando, en realidad, está buscando satisfacer sus propios deseos y necesidades; su propio amor querer e interés [Ej 189].

En la medida en la que el sujeto disponga de suficiente salud tanto en sus facultades mentales (conciencia, pensamiento, afectividad, voluntad, etc.) como relacionales, tendrá suficiente libertad de sí como para encarar una relación saludable con Dios que, por su propia naturaleza, podría ser ambigua y fuente de autoengaños. Por esto para San Ignacio de Loyola, para la mística en general, es crucial el discernimiento; porque no todo lo que parece relación con Dios lo es. La psicología y la espiritualidad no son ámbitos del saber que sean mutuamente excluyentes, al contrario, se complementan perfectamente para que el encuentro entre el creador y la creatura pueda ser en plenitud.

Además, el diálogo interdisciplinar es importante porque nuestra espiritualidad ignaciana tiene muy en cuenta el cambio personal como signo del encuentro espiritual con el Criador y Señor. El camino de conversión en el que introduce a la persona la metodología del paradigma ignaciano hace que el sujeto vaya dejando de ser de un modo para serlo de otro sin dejar de ser uno mismo. La progresiva identificación en Cristo es un itinerario en el que el individuo va descubriendo en Jesús los propios y posibles modos de ser que ha de potenciar, no para ‘ser como’ Jesús imitándole como si fuera un actor representando un papel, sino para vivir en plenitud siendo alter Christus, en palabras de Arrupe. Jesús desvela al ser humano el modo de proceder que le va a hacer feliz entre los muchos posibles de los que dispone; esto supone una persona liberada de ataduras psicológicas, capaz de tomar las riendas de la propia vida, que opta por potenciar unas dimensiones y no otras. Se trata de un tránsito no siempre fácil que puede encontrarse con las resistencias que afloran ante lo incierto: arriesgarse a vivir al modo de Jesús supone confiar en que, renunciando a lo uno ve como mejor para sí (su engañoso mundo de búsqueda de seguridades), va a encontrarse viviendo su vida con una plenitud que no esperaría.

Ignacio se apoya en el discernimiento para avanzar por ese camino de conversión en la dirección adecuada. Sabe que se va a equivocar, tomando direcciones que son más iniciativa y deseos propios que voluntad de Dios. Sabe, incluso, que se va a engañar a sí mismo, tomando por inspiración divina lo que no son más que ‘sutilezas y razones aparentes’ -tal vez de ‘enemigo de natura humana’ tal vez suyas propias- para no cambiar; ahí se encuentra el gran reto ante el que una buena alianza entre psicología y espiritualidad cobra importancia crucial. Por eso es importante seguir dialogando, comprendiéndose mutuamente, para más ayudar a que el ser humano alcance el fin soñado por Dios cuando le creó: el modo de ser, encarnado en Jesús de Nazaret, que cada uno está llamado a encontrar en su propia forma de existir.

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