Jesuitas España

Los niños y la fe

Los niños son los “predilectos” de Dios. Jesús los pone como “modelos” para los adultos: recuperar y mantener siempre en nosotros el niño que hemos sido y seguimos siendo. Ante el rechazo de los mayores –los niños molestan- Jesús los trae consigo, los bendice, los abraza, los protege.

Pero proteger a los niños no es sólo superar los índices de pobreza, de desprotección o de super-protección. Es necesario proporcionarles una educación integral que incluye, además de otros valores y habilidades, la educación al misterio, la trascendencia, el sentido de la vida y de lo religioso. La persona no es un ser “vacío”, “hueco”. La persona es un misterio para sí mismo, y es necesario educar ese sentido del misterio para encontrarse con el hombre.

Los niños, como personas que son, no son ajenos a ello. En todos ellos hay una predisposición para la trascendencia y el misterio, tal como lo pensaba María Montessori, en la estela del “corazón inquieto” de san Agustín. No se trata, por tanto, de “indoctrinar” al niño sino de hacer que brote en él y se desarrolle, lo que ya lleva dentro.

Eso no es obra de la enseñanza, sino de la experiencia. La mera enseñanza sólo produce “saberes” y el solo “saber” de lo religioso sólo puede llevar a una mera socialización cultural o a una indoctrinación, pero no a la fe. La fe no se hereda, no se enseña, no se “transmite”: la fe se contagia, se propone, se ofrece, se comparte…

De ahí que el papel esencial en el descubrimiento de la fe en un niño corresponda a la familia, por vía de contagio (testimonio), de participación y de palabra. Se trata de educar el “despertar religioso”, que es un derecho del niño como posibilidad, el derecho a abrirse a todas las dimensiones de la persona, del ser humano, de su “yo” más profundo.

La fe del niño tiene unas características afectivas en la relación simbólica con los padres. La confianza radical que el niño dormido deposita en sus padres realiza en él la experiencia de la confianza en el mundo, en la existencia, la confianza de estar en manos de alguien. Más tarde se irá poniendo nombre a esa confianza radical y tal vez llegue el momento de llamarla “Dios”.

Pero antes son necesarias experiencias que “abonen” el campo donde puede crecer la semilla ya inserta de fe. Dios se adelanta a nuestra acción educativa. Es la parábola del sembrador. Antes de hablar de Dios es necesaria una educación en determinados valores sin los que la experiencia de Dios no es posible. Es necesario el cultivo de la interioridad, aunque ésta, al menos desde una perspectiva cristiana, no sea suficiente. Y tan importante como la interioridad es la experiencia de la “quietud”, del espacio tranquilo e inútil del tiempo en reposo. El papa Francisco insiste en la “via pulchritudinis”, el camino de la belleza, la capacidad de contemplar y gozar con la presencia de lo bello por sí mismo, al margen de su utilidad: el mundo de la creación como regalo, como aparece insistentemente en la encíclica Laudato si frente a la idolatría de la tecnociencia.  La amistad, la generosidad, la tolerancia, la atención al otro, el respeto, el sacrificio por los demás, la austeridad, el compromiso, la sensibilidad por el dolor ajeno, son miles de campos de valores que van creando el “humus” de la tierra buena del evangelio. Lógicamente, el mundo del consumo, de la diversión permanente, del utilitarismo, etc. son los terrenos pedregosos o llenos de cardos que impiden el crecimiento de la persona en su integralidad.

Pero la educación de la fe de los niños es un proceso. El tiempo -dice el papa Francisco- es superior al espacio. Lo importante no es preguntarse “dónde está mi hijo”, mi alumno o mi catequizando, sino cómo crece existencialmente. El crecimiento es un proceso, no una realidad ya conseguida, un camino y no un momento concreto. Educar en la fe a un niño es llevarle de la mano acompañando su proceso de creyente o increyente, su camino, en definitiva, hacia su libertad. Porque la fe, en todo momento, es una oferta libre necesitada día a día de un “primer anuncio” que se repite constante y circularmente a lo largo de la vida, como también insiste el papa Francisco. De ahí la necesidad de la continuidad a través de una buena catequesis, de una buena parroquia, de una buena comunidad, de una buena escuela y de unos buenos padres. La pastoral de los niños es hoy, fundamentalmente, la pastoral de la familia. Y una pastoral que relaciona familia, escuela y comunidad.   

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