Jesuitas España

Sentirse llamado

Hay unas palabras de Pedro Arrupe que muchos jesuitas hemos visto durante mucho tiempo con una mezcla de emoción, vértigo y responsabilidad. Son estas:

«A un joven que quisiera ser jesuita yo le diría: Quédate en tu casa si esta idea te pone inquieto y nervioso. No vengas a nosotros si es que amas a la Iglesia como a una madrastra y no como una madre; no vengas si piensas que con ello vas a hacer un favor a la Compañía de Jesús. Ven si para ti el servicio a Cristo es el centro de tu vida.

Ven si tienes unas espaldas suficientemente fuertes, un espíritu abierto, una mente razonablemente abierta y un corazón más grande que el mundo. Ven si sabes ser bromista y reírte con otros y… en ocasiones, reírte de ti mismo.»

Creo que muchos de nosotros, si tomásemos al pie de la letra las palabras de Arrupe, tendríamos que reconocer que tampoco es que estemos muy a la altura. Y, sin embargo, no es la perfección en la virtud lo que nos define, sino el deseo profundo de acertar. Sentir hoy en día vocación, sentir que Dios te llama a esta Compañía de Jesús y en esta Iglesia. Sentirlo en un contexto como el español, donde demasiadas cuestiones se mueven entre la secularización y la indiferencia, ¿es posible? No solo es posible, sino que sigue ocurriendo. Sigue habiendo hombres que sienten que su manera concreta de vivir el evangelio pasa por la consagración de su vida, con otros, al servicio de la misión de Cristo en este mundo. Sigue habiendo hombres que se sienten pecadores, pero llamados a trabajar por la fe y la justicia, como decía la Congregación General 32. Sigue habiendo preguntas que, desde dentro, mueven a muchos a plantearse este camino. Y sí, sigue siendo actual la descripción de Arrupe, que es más una invitación que una exigencia. La invitación a tener un valor mayor que las prevenciones o el miedo. A aprender a ver en la Iglesia no solo lo que duele, sino sobre todo el tesoro que quiere transmitir. A descentrarse para hacer de Cristo el centro. A ser fuertes (desde la debilidad). A pensar, sentir y amar con toda la mente, con toda la entraña, con todo el corazón. A tener sentido del humor. Y todo esto, Ad Maiorem Dei Gloriam.

 

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